"His dedication, service and his passion for what he does earned him the title of Doorman of of the Year 2008, a distinction awarded annually by the Local 32BJ union representing over 100,000 members in property services in six states."
— La vista es una imponente postal donde cielo, agua y rocas se funden y cuesta creer que se está a pasos de la estación 181 del tren A en Washington Heights. De un lado Manhattan, del otro, Nueva Jersey a la altura de Fort Lee. El río Hudson pone una prudencial distancia entre ambas y desde un costado todo lo observa el magnífico puente George Washington. “Hace 27 años que miro estos acantilados del New Jersey Palisades y no me canso”, dice Carlos Pellecier, portero del edificio ubicado en el 1380 de Riverside Drive, en frente a este singular paisaje.
En estas casi tres décadas de trabajo -25 años a cargo del turno de la noche y fines de semana- Carlos aprendió cómo cambia con las estaciones el color del follaje que cubre esa masa de piedra al otro lado del agua y a qué hora exacta se prende la última luz del puente. Con esa misma profundidad conoce a los vecinos de su edificio, desde niñitos a ancianos, distribuidos en 20 pisos y 141 apartamentos. “Me dices el nombre y te digo el apartamento; me dices el apartamento y te digo el nombre. Los vecinos son como mi familia”, afirma.
“Vi a vecinas dar a luz, a parejas casarse, a otras separarse; gente que cambia de empleo, otra que lo busca; en fin, aquí estoy para compartir lo que ellos me dejan compartir. Eso que dicen que los doorman saben todo, es así. Yo sé todo pero soy discreto. Lo que un vecino me cuenta se queda conmigo y de mí no sale”.
Viste un traje azul marino con ribetes amarillo rabioso y botones dorados. Lleva el uniforme con elegancia y ni la corbata ni los zapatos negros de charol son un impedimento para que se mueva rápidamente cargando paquetes y encomiendas.
Saluda a todos con su perpetuo buen humor y sabe que su ‘buen día’ o su ‘que tenga linda mañana’ pueden cambiar el curso de la jornada para aquellos que los reciben. “Después de pedirlo por bastante tiempo hace dos años que logré que me cambiaran de turno y ahora comienzo a las 7:30 y salgo a las 3:30 por eso despido a todos cuando salen para la oficina y a veces me toca darle un poco de ánimo a alguno que noto con pocas ganas de enfrentar el día”.
Siempre pendiente de las necesidades de los residentes pone especial atención a los más mayores. “Hay un señor colombiano de 93 y en otro apartamento una señora de 96. Un día sin verlos y ahí nomás les toco el timbre para quedarme tranquilo y saber si están bien”.
El de portero es un oficio donde se pone el cuerpo: Además de las tareas cotidianas, a Carlos le tomó aproximadamente ocho meses que su organismo se readaptara a dormir por las noches y a trabajar durante el día, después de un cuarto de siglo de ir a contramano del mundo. “Fue duro pero prefiero este horario para pasar más tiempo con mi esposa y mis cuatro hijos”, dice sobre su familia con la que vive en El Bronx.
Su vocación de servicio y su pasión por lo que hace le valieron a Carlos el título de Portero del año 2008, distinción que otorga anualmente el sindicato Local 32BJ que agrupa a los trabajadores de servicio de propiedades en seis Estados y cuenta con más de 100,000 miembros. “No me lo esperaba”, dice modesto mientras muestra el premio –una manzana de cristal con una inscripción-. “Ví que había una papeleta y que los vecinos estaban votando pero pensé que se trataba de algo interno del edificio ¡no de todo el West Side!” El premio lo honra como el mejor portero de la zona Oeste de Nueva York que arranca desde la calle 225 para abajo. “Deben ser como unos 1,500 edificios”, señala sin poder ocultar su orgullo.
A la entrega de premios asistieron varios vecinos, muchos que fueron testigos de las anécdotas que Carlos atesora. En 2005 evacuó a todos los residentes cuando un altísimo muro de contención adyacente a la propiedad se vino abajo. “Fue una tarde, a la hora de la siesta, narra. Se podía oler el aroma a la tierra y de repente se oyó un estruendo. Fue como un alud. Afortunadamente cuando llegaron los bomberos todo el mundo estaba a salvo y nadie se lastimó”. En otra oportunidad, salió a la carrera en busca de un ladrón que arrebató la cartera a una vecina. “Fue instintivo, asegura, vi lo que sucedió y no lo dudé, salí disparado y atrapé al hombre a unas cuadras. Le devolví a su dueña el bolso intacto”.
En su tiempo libre, este puertorriqueño de 48 años disfruta yendo al gimnasio y haciendo las compras. “Es porque adoro comer; no sé si cocinar es mi fuerte, pero que me gusta comer no hay dudas”.
No es muy adepto a las vacaciones largas porque, explica, “una vez me tomé un mes y ya a la segunda semana extrañaba a mi edificio, a mi gente. Como dije antes, esta es mi casa y los vecinos mi familia. Sin ellos estoy como perdido”.